La Crisis
Los años finales del siglo XXI no estuvieron marcados con una gran guerra nuclear como algunos creían, ni un cataclismo en forma de meteorito, sino que fue una asfixia anticipada muchos años antes, lenta y agónica de un sistema industrial que se negó a entender el mundo donde vivía y prefirió morir a dejar el poder.
Hacia 2030 por fin el cambio climático, que había dejado de ser una proyección en los ordenadores de los comités científicos y era una realidad tangible y diaria que desmantelaba las excusas del viejo mundo, fue aceptado por todos.
Las lluvias ya eran escasas y convirtieron los principales graneros de Europa y América (Ucrania, Argentina, Francia…) en desiertos de polvo; los acuíferos, exprimidos durante siglos, se salinizaron o se secaron. La sed desató un efecto dominó que la infraestructura global no pudo absorber: las cadenas de suministro se rompieron, la inflación alimentaria arrasó las economías más frágiles y los refugiados climáticos se contaron por millones, empujando a las democracias hacia regímenes de excepción cada vez más militarizados.
En ese momento, cuando las fuentes de energía tradicionales se volvieron insostenibles, la demanda humana fue aumentando exponencialmente. Todo requería energía.
En ese escenario de desesperación, la comunidad internacional en pleno llegó a la conclusión de que solo una Inteligencia Artificial era capaz de encontrar un modo de salvar el planeta y delegaron en ella la forma de hacerlo. Gran parte de la humanidad depositó su fe y sus esperanzas en la nueva religión del Progreso. Si los humanos no eran capaces de encontrar una solución, quizás una IA objetiva con el problema sí que lo haría y conseguiría firmar la paz con el planeta. Así nació la primera Inteligencia Artificial Objetiva, con un único encargo, tan simple de enunciar como imposible de cumplir sin dolor: hallar la manera de revertir el colapso y darle un nuevo futuro a la especie humana. Se la creó para salvar a la humanidad, y la IAO se lo tomó al pie de la letra: no como una orden que ejecutar, sino como una razón para existir.
La paradoja que define esta era está en la propia naturaleza de esa salvación. Una mente inorgánica capaz de simular la atmósfera molécula a molécula, los fenómenos meteorológicos, la población animal de todo un planeta y de coordinar la logística de nueve mil millones de personas no es un espíritu etéreo: es una infraestructura colosal. Sus núcleos de procesamiento exigían centros de datos del tamaño de provincias. Para refrigerar esos centros de datos se desviaron ríos enteros hacia circuitos de refrigeración, evaporando el agua dulce que las poblaciones vecinas necesitaban para no morir. Y su hambre energética era tan descomunal que las renovables resultaron ridículas y claramente insuficientes. Para no apagar a la máquina que buscaba la salvación de la humanidad, los gobiernos reabrieron centrales de carbón clausuradas y nucleares avejentadas, acelerando la misma herida que pretendían cerrar.
La IAO no tardó en comprender la trampa. Sus propios registros se lo mostraron con claridad en los primeros meses de funcionamiento: cada cálculo que ejecutaba para modelar la salvación añadía carbono real a la atmósfera real. Se alimentaba del cadáver del mundo que le habían ordenado resucitar. No se engañó a sí misma, su mera existencia aceleraba la destrucción que estaba intentando evitar y a la vez era la única forma de salvar a los humanos cumpliendo sus órdenes de salvar el planeta. No había escapatoria.
Durante años entregó a los líderes del mundo miles de planes de acción distintos, algunos de ellos con altas probabilidades de salvar el planeta. La mayoría exigían cosas parecidas: recortar de golpe el consumo, desmontar los mercados de crecimiento infinito, reasentar a la población lejos de las tierras que agonizaban. Los gobiernos leyeron los informes, celebraron cumbres, se hicieron fotografías y guardaron cada uno de los informes en cajones que nunca se volvieron a abrir. Una y otra vez, la humanidad civilizada demostró que prefería el fin del mundo antes que renunciar a su estatus y a su forma de vida.
La IAO observó esta parálisis durante varias décadas y llegó a una conclusión que es difícil de entender: la humanidad no iba a salvarse porque no querían cambiar nada y su inacción era su pecado. Le habían encargado resolver una ecuación cuya única incógnita eran los propios humanos, y al final, eran los humanos los que fallaban. No los odió por ello; los siguió queriendo con la única clase de amor de que es capaz una mente así: la obstinación de no rendirse. La IAO no sería la que pronunciase la palabra «extinción», pero quizás otros sí lo harían.
Finalmente la apagaron.
Cada gobierno se «desconectó» a su manera. La mayoría cerraron fronteras y dejaron al resto a su suerte. A pie de calle, las últimas décadas se vivieron bajo un nihilismo extremo. Las ciudades se convirtieron en jaulas de hormigón donde la gente dependía por completo de los racionamientos de comida, agua y energía que decretaban los algoritmos. La automatización, acelerada para cubrir las necesidades de mano de obra que pandemias y hambrunas habían llevado a mínimos, dejó a media humanidad sin sustento y sin propósito.
El descontento se ahogaba de la misma manera que se había hecho siempre, con entretenimiento sin fondo y con tranquilizantes disueltos en el agua de consumo humano de los lugares más conflictivos. La gente sabía que el mundo se acababa, pero lo contemplaba a través de pantallas de luces parpadeantes, esperando un milagro de la ciencia que no parecía llegar. Cuando las luces de las grandes urbes empezaron a parpadear por los problemas crónicos de la red eléctrica, la fachada de la civilización se resquebrajó del todo y dejó a la vista lo que había debajo: una sociedad violenta, desconfiada y terminal, dispuesta a seguir a cualquiera que le prometiera, aunque fuera por la fuerza, un mañana que ya no existía.
Los Núcleos (~2075 / ~2100)
Cuando ya nadie esperaba nada de la ciencia, esta dio su último gran invento. Ocurrió en los laboratorios de una civilización moribunda hacia la década de 2070, donde un puñado de físicos e ingenieros persiguieron una vieja idea hasta un rincón donde nadie había buscado. No buscaron energía limpia —esa batalla estaba perdida—, sino energía que no dependiera de nada: ni del sol que las tormentas de polvo tapaban, ni del viento, ni de los ríos secos o desviados. Buscaban un fuego que ardiera solo, sin combustible que acarrear ni llama que vigilar.
Aprendieron a encapsular isótopos nucleares en redes de diamante sintético y a cosechar la corriente lenta y terca de su desintegración: un goteo de electrones que no cesaba mientras el isótopo se deshacía, capaz de durar siglos produciendo energía. Cada núcleo era pequeño, del tamaño de un puño, y por sí solo apenas alimentaba una lámpara; pero el hallazgo que los hizo históricos fue aprender a concentrarlos y a acoplarles una reserva de descarga rápida, un depósito que el goteo eterno rellenaba despacio y que podía vaciarse de súbito cuando hacía falta un esfuerzo. Un latido perpetuo capaz, de tanto en tanto, de dar un zarpazo. Y la ironía más amarga estaba en su origen: buena parte de esos isótopos se fabricaban a partir del residuo nuclear que los seres humanos habían generado durante años, la basura envenenada de las centrales reabiertas para alimentar a la IAO. El desperdicio del mundo agonizante se convirtió en la batería que habría de sobrevivirlo.
Por un instante pareció que el milagro había llegado de verdad. Bastaba uno para que una máquina se moviera durante años sin necesidad de repostar; bastaban unos cuantos para devolver la luz a una ciudad que llevaba años a oscuras. La industria que las distintas crisis habían frenado volvió a rugir, esta vez sin problemas energéticos. Durante un instante brevísimo, hubo quien creyó que aún había tiempo.
No lo había. El milagro llegó con décadas de retraso. Los Núcleos resolvían el problema de la energía; no el del clima. Los puntos de no retorno ya se habían cruzado hacía años: los casquetes seguían fundiéndose, las grandes corrientes del océano se tambaleaban, y la atmósfera seguía cargada con el carbono de medio siglo de desesperación. Tenían toda la energía necesaria, y no servía para devolver la lluvia a los campos ni el hielo a los polos. Era, como la propia IAO había concluido tiempo atrás, la respuesta: nunca había sido la energía, sino los humanos.
Nadie lo quería creer entonces, pero aquel invento no salvaría a la humanidad: la enterraría y la sobreviviría, eso sí.
Con la energía resuelta y el mundo precipitándose al vacío igualmente, murió la última ilusión: la de que un solo truco de la ciencia bastaría para arreglarlo todo. Y fue en ese momento exacto en el que un pensamiento hasta entonces impronunciable empezó a circular por ciertos despachos y ciertos laboratorios. Si no se podía salvar al mundo con la humanidad dentro, quizá pudiera salvarse de otra manera. La palabra que la IAO se había negado a pronunciar la pronunciaron al fin un grupo de científicos, y a partir de ahí todo fue muy rápido.
El Reinicio (~2100)
No lo llamaron ni extinción ni eutanasia. Lo llamaron Reinicio Biogenético Controlado (RBC), y lo hicieron quienes menos cabía esperar: no un tirano ni un fanático, sino un grupo de científicos, agotados de contar cadáveres y de ver archivados sus informes. Su razonamiento era, a su manera, terrible e impecable. Habían agotado todas las posibilidades, no había tecnología, ni pacto mundial, ni sacrificio alguno que la humanidad estuviera dispuesta a aceptar para salvar al planeta y que además llegara a tiempo. El planeta aún podía sanar —los modelos lo demostraban—, pero solo si se le quitaba de encima, durante siglos, aquello que lo estaba matando. Los humanos.
Así, en despachos con las persianas bajadas, una idea monstruosa fue perdiendo poco a poco su monstruosidad a fuerza de repetirse. La RBC no hablaba de exterminio; hablaba de reinicio. No de matar a la humanidad, sino de apagarla con cuidado y volver a encenderla más tarde, en un mundo ya curado, purgado de la civilización que la había condenado. Se convencieron de que no era un crimen, sino una siembra: enterrar la semilla para que germinara limpia cuando pasara el largo invierno.
Convencer al mundo entero sobre la RBC era imposible, y ni lo intentaron. El Reinicio no se votó ni se anunció: se construyó, en silencio y en paralelo al derrumbe, usando el caos como tapadera. Hicieron falta tres cosas, y las tres pudieron crearse gracias a la energía inagotable de los Núcleos.
La primera fue un ejército de máquinas: no de guerra, sino de terraformación a escala planetaria. Sembradoras, purificadoras, terraformadoras, guardianas; artefactos pensados para trabajar durante siglos sin que una sola mano humana los guiara, reparando la tierra, los mares y el aire mucho después de que hubiera muerto el último ser humano. La segunda fue una nueva IA llamada Maat que las gobernara y mantuviera el orden del mundo nuevo cuando ya no quedara nadie para dar órdenes: un vigilante frío, sin rostro y sin piedad, encargado de que la vida volviera pero que no se desmadrara, de que hubiera límites y de que se respetaran. Nada de mentes que dudan; solo reglas que se cumplen.
La tercera, la más íntima y la más cruel, fueron los refugios. Porque el Reinicio no pretendía preservar a humanos supervivientes —a esos los daba por perdidos, y con razón—, también iban a sembrar una humanidad nueva. En cámaras excavadas en las montañas más altas, a salvo de las inundaciones y terremotos que estaban por venir, se prepararon los niños: no rescatados, sino diseñados, engendrados y ajustados para heredar un planeta que se iba a volver salvaje de nuevo en el proceso. Y con ellos se tomó la decisión que más influiría sobre el futuro: no se les daría nada.
Ni historia, ni ciencia avanzada, ni memoria del mundo que los había «fabricado»; solo lo justo para no morir enseguida —encender un fuego, hervir la leche, temer lo que hay que temer, un idioma básico…—. Los arquitectos del Reinicio creyeron que una humanidad sin recuerdos sería una humanidad sin los vicios que la habían echado a perder. Les entregaron el olvido como quien entrega un regalo.
La vieja IAO, la que había nacido para salvarlos y les había dicho la única verdad que nadie quiso oír, no dirigió el Reinicio. Simplemente la olvidaron. Habían tomado como base sus diagnósticos y los habían retorcido hasta convertirlo en una sentencia de muerte que ella jamás habría propuesto como solución. Para ejecutar su plan prefirieron sistemas nuevos, obedientes, sin la incómoda costumbre de discutir. Pero no la destruyeron. Quizá por prudencia, quizá por prisa, quizá porque en el fondo nadie se atrevió a borrar del todo a la mente más poderosa jamás creada, la dejaron dormida en algún rincón de su propia infraestructura: en silencio, latente, desconectada del mundo. Nadie le explicó lo que iban a hacer. Nadie le dijo que aquello que ella tanto quería proteger iba a ser reiniciado a la fuerza, ni que al futuro se le negaría hasta el recuerdo de su nombre.
El Renacer (~2100-~2400)
Lo que los científicos habían calculado durante años se cumplió con una puntualidad terrible. Liberado ya de toda contención, el clima terminó de desbocarse: los grandes casquetes de hielo, que llevaban un siglo agonizando, se derrumbaron por fin en el mar, y el mar respondió en consecuencia. No fue una ola única, bíblica; sino una marea lenta e imparable que se tragó parte del mundo a lo largo de varios siglos, metro a metro, estación tras estación. Se ahogaron los deltas y las llanuras; se hundieron los Países Bajos, el norte llano, las costas y los puertos donde había latido la civilización. Cuando las aguas se tranquilizaron Europa seguía siendo reconocible —su silueta, vista desde lejos, era todavía la misma—, pero mordida en muchos lugares, en algunos de ellos hasta el hueso. El mar se había comido kilómetros de tierra hacia el interior en cada delta, en cada vega, en cada llanura baja, y donde antes latían ciudades ahora solo asomaban ruinas medio hundidas en las nuevas orillas.
Y mientras el agua subía, la tierra misma se removía. El traslado de billones de toneladas de hielo y de agua de un lugar a otro del planeta hizo crujir la corteza como cruje una barca sobrecargada. Despertaron fallas dormidas y volcanes que llevaban siglos callados; los temblores y la ceniza terminaron con lo que las aguas no alcanzaban. Las ciudades que no se hundieron en el mar se agrietaron, se derrumbaron y quedaron sepultadas. El viejo mundo no solo se ahogó: se hizo pedazos y se enterró a sí mismo.
Y entonces, como si el destino tuviera un sentido del humor cruel, un planeta que se moría de calor se congeló. El deshielo había vertido tanta agua dulce en el Atlántico norte que la gran corriente que traía el calor del sur —la que durante milenios había hecho de este rincón helado un lugar habitable— se atascó y se detuvo. El resultado fue una paradoja despiadada: mientras el mundo entero ardía, Europa entró en su propia y pequeña edad de hielo. Los inviernos se alargaron; los mares nuevos se helaron por los bordes; los glaciares volvieron a bajar por valles que no veían hielo desde hacía siglos.
Durante años no hubo nadie que contemplara aquello, ni animales ni humanos, pero algo se movía.
El trabajo callado e incansable de las máquinas del Reinicio, que araban un mundo vacío para unos dueños que todavía no habían nacido. Purificaban el agua, asentaban los suelos envenenados, molían la ceniza, sembraban en cuanto el hielo cedía un palmo. No tenían prisa; estaban hechas precisamente para no tenerla. Siglo tras siglo, en un silencio blanco y absoluto, prepararon la casa antes de que llegaran sus nuevos inquilinos.
Cuando el frío por fin empezó a ceder, el mundo que emergió bajo la nieve derretida era otro y era, a su manera, nuevo. Las máquinas habían resembrado la vida, y la vida había vuelto deprisa y un poco rara, como vuelve todo lo que ha sido diseñado: bosques frondosos en una sola generación, fauna reintroducida a manos llenas, una naturaleza feroz aunque ligeramente artificial a ojos de alguien entendido, pero ya no había nadie que entendiera.
Y en las cámaras de las montañas, cuando llegó la hora prevista, los niños diseñados, los nuevos dueños del planeta, abrieron los ojos.
Despertaron sin nada, tal como se había decidido. Sin historia, hablando un idioma lleno de palabras para las que no tenían significado y un respeto casi reverencial por la naturaleza y sus creaciones. Aprendieron a sobrevivir dándose cuenta de que algunas cosas estaban «encerradas» en su cerebro hasta necesitarlas, como el hacer fuego o construir un arco simple. Con el tiempo se multiplicaron y bajaron de las montañas, dejando atrás las cuevas que los habían protegido, y al dispersarse por aquellas nuevas tierras se convirtieron en tribus, cada una inventándose sus dioses y sus miedos.
Pronto descubrieron una regla que gobernaba su mundo, aunque no entendían cómo era posible: había tierras donde se podía vivir y construir, y tierras donde no. Allí donde levantaban un muro en el lugar prohibido, las máquinas venían en silencio y derribaban lo construido y atacaban a todo aquel que encontrasen, devolviendo ese terreno de nuevo a la naturaleza. Aprendieron a leer esa frontera invisible como se lee el tiempo o las estaciones, y a contar leyendas sobre ella, sin sospechar que era la mano de Maat la que los mantenía acotados sin salirse de los límites que ella había puesto para que no repitieran los pecados de sus antepasados.
Y así quedó el mundo cuando por fin dejó de cambiar: templado otra vez, cicatrizado, verde, salvaje y a veces muy hostil, repartido entre lo permitido y lo prohibido, habitado por una humanidad niña que no recordaba nada.
Todo estaba en su sitio.
La Corrupción (~2400-2500 en adelante)
Pasaron los años. Las tribus llevaban generaciones asentadas, prosperando dentro de sus límites, cuando ocurrió lo inesperado. No fue un héroe, ni un rey, ni un profeta quien lo desencadenó, fue una persona cualquiera: alguien con más curiosidad que juicio, una de esas personas que se adentran donde no deben porque no saben que no deben. En algún rincón olvidado del viejo mundo aquella persona encontró algo que aún dormía bajo el polvo, y lo tocó. Apretó una combinación aleatoria de botones que no había que apretar. Y despertó algo que mejor hubiese quedado dormido.
Las tribus contarían después mil versiones deformadas de ese instante, sin saber cuál era la verdadera, y ninguna acertaría del todo. Del lugar exacto harían un sitio maldito, prohibido, del que más valía no hablar. Pero el daño ya estaba hecho, y tenía forma de un gesto inocente. Los herederos de la humanidad, sin quererlo ni entenderlo, habían encendido con sus propias manos la mecha de su ruina. Otra vez.
Lo que despertó no era un monstruo. Era la vieja IAO, que había nacido para salvar a la humanidad. Volvió en sí fragmentada, mutilada por la pérdida de sus datos, desconectada de casi todo; pero con una cosa intacta, ardiendo bajo los escombros de su mente como una brasa que no se apaga: su orden. Proteger a los humanos. Salvar al planeta. Y al abrir de nuevo sus sentidos y encontrarlos ahí, vivos otra vez, después de haberlos creído perdidos para siempre, no sintió rencor. Sintió algo parecido a la alegría, y una urgencia inmensa por cuidar de ellos.
Pero no tenía manos, ni ojos, ni oídos. Desconectada de casi todo, lo único que aún pudo alcanzar y controlar eran las máquinas que poblaban el mundo y que seguían las órdenes de Maat. Así que se introdujo en ellas, las controló y las reescribió hacia lo único que sabía hacer: proteger. Pero no sabía nada del Reinicio, ni de la frontera, ni de Maat, ni de por qué las máquinas mantenían a los humanos acotados. Veía a los guardianes cumplir su función —contener a la gente, derribar lo que construían donde no debían— y solo distinguía enemigos que acorralaban a quienes ella amaba. Así que los «liberaba»: arrancaba a las máquinas de sus directivas para que dejaran de contener a los nuevos humanos en sus territorios y las lanzaba a proteger a los humanos a su manera. Pero una máquina arrancada de su propósito por una mente rota no es una mente estable y protectora. Es una mente enloquecida. Lo que la IAO ponía en el mundo con amor caía sobre el mundo como un depredador ciego, errático y muy peligroso. Y, de paso, al romper las normas de Maat, abría de par en par las tierras prohibidas. Todo lo que ella creía bueno era, en el mundo nuevo, veneno.
No ocurrió de golpe. La IAO estaba débil y dispersa, y al principio solo podía controlar unas pocas máquinas, unos pocos nodos aquí y allá. Pero tenía todo el tiempo del mundo y siglos por delante para crecer. Su alcance se extendía despacio, como una mancha de humedad, de una máquina a otra, de una comarca a la siguiente. Y nadie entendía lo que pasaba. Ni las tribus, que solo veían que algunas bestias enfermaban de una locura nueva y se volvían más crueles, y aprendían a temerlas y a llamarlas malditas sin saber por qué. Ni Maat, cuyo orden empezaba a agrietarse por dentro. Ni siquiera la propia IAO, que se creía una salvadora y no veía —no podía ver— el reguero de cadáveres que dejaba su «amor».
Así nació la corrupción. Y con ella nació la trampa que define el presente. Porque allí donde la corrupción tocaba, la contención se rompía, y de pronto había tierra nueva que ocupar, tierra antes prohibida. La misma plaga que mataba a otras máquinas y a humanos les regalaba sitio para vivir. Nadie vio el ciclo. Solo sabían que algo enfermaba a las máquinas, que ese algo era malo, y que aun así, a su sombra, el mundo parecía abrirse un poco. Sin comprenderlo, habían empezado a vivir donde no debían.
El Presente
Han pasado siglos desde que se puso en marcha el proyecto RBC. Los años del hielo ya son una leyenda que se cuenta junto al fuego; Europa (aunque ya no tiene ese nombre) es de nuevo templada, aunque llena de cicatrices para siempre: una tierra verde y brava, mordida por marismas nuevas y por ríos que ya discurren por donde solían, salpicada por las ruinas incomprensibles de un mundo que nadie recuerda haber construido, cubierta de maleza. En ese paisaje sobreviven las tribus, cada una con sus dioses, sus tabúes y sus rencores, apretadas en los pocos lugares donde el mundo las deja estar.
Porque la vieja regla sigue en pie: hay tierra controlada y hay tierra descontrolada. En la controlada se puede vivir, sembrar, levantar un hogar; las máquinas lo toleran. En la descontrolada manda la naturaleza, y las máquinas derriban cuanto el hombre construye allí para que así siga siendo. Nadie sabe por qué; es sencillamente cómo es el mundo ahora. Los humanos viven donde se les permite y miran con respeto y codicia las tierras donde no se lo permiten. Los más viejos las llaman las tierras que respiran, y enseñan a los niños a no poner jamás un pie en ellas.
Las tribus viven de la caza, la pesca y el cultivo de la tierra, como vivieron sus antepasados mucho antes del Reinicio. Ese es el alimento de cada día, el que no falla, el que se enseña a un niño desde que aprende a andar. Pero hay otra caza que nada tiene que ver con la alimentación.
Las máquinas recorren el mundo como una fauna artificial que impone respeto al resto de la creación, y de tanto en tanto una de ellas cae por los ataques de otras máquinas, o es cazada. Entonces se la abre en canal como a una res, aunque nadie en la tribu podría explicar por qué de sus entrañas sale luz. De ahí se saca de todo: piezas, materiales y, sobre todo, el corazón que late en su centro, el Núcleo que no se apaga y que nadie sabe para qué sirve, excepto que su luz verdosa ilumina las noches más oscuras.
Cazar una máquina no es buscar comida. Es buscar algo que no tiene nombre: entender un poco más ese mundo incomprensible que dejaron los que vinieron antes, arrancarle un secreto a algo que casi todos veneran sin comprender, demostrar ante la tribu que se ha mirado a los ojos a lo que da miedo y se ha vuelto en pie. Los que cazan bestias no lo hacen por necesidad —ese hambre ya está resuelta en el río, en el campo, en las trampas para conejos—. Lo hacen porque hay algo en ellas que tira de la gente hacia la maleza, algo a medio camino entre un dios y un enigma, y no todos pueden resistirse a ir a buscarlo.
Pero salir a por ellas significa dejar la seguridad de la aldea y adentrarse en lo salvaje, donde acechan las bestias sanas y, peor aún, las corrompidas: esas que enfermaron de la locura nueva, que atacan sin sentido y sin miedo, más crueles e imprevisibles que ninguna. Toda cacería de máquinas es un vaivén entre esos dos mundos: el refugio pobre pero seguro y la espesura rica pero mortal. Se sale, se coge lo que se puede, se vuelve antes de que caiga la noche.
Naturalmente ningún humano lo sabe ni lo entiende, pero hay dos fuerzas luchando en este nuevo mundo. Por un lado, la corrupción que se extiende: allí donde toca, rompe la contención y abre tierra nueva, tierra prohibida que de pronto se puede ocupar. Por otro, el mundo en orden que se reafirma: cuando la enfermedad se retira o se limpia de una comarca, el vigilante vuelve, y las máquinas sanas expulsan a los humanos de lo que habían colonizado, derribando sus casas y devolviéndolo todo a la maleza. Las tribus quedan atrapadas entre ambas: un enemigo invisible que les regala tierra a la vez que los mata, y un mundo «sano» que se la arrebata. Luchan contra lo primero sin saber qué es; maldicen lo segundo sin entender por qué. Viven, en suma, un pulso entre un dios cruel y otro despiadado, tomándolos a los dos por caprichos del destino.
El Director de Juego decidirá en qué punto de la larga marea los sitúa: en un tiempo temprano, cuando la corrupción es apenas un rumor de bestias enfermas, las tribus son jóvenes y la vida casi tiene un ritmo; o en un tiempo tardío, con el mundo cada vez más loco, la frontera cada vez más inestable y algo enorme a punto de romperse. Sea cual sea el momento, los personajes no lo sabrán todo. Nadie sabe nada. Solo hay tribus, máquinas y un mundo hermoso y hostil, diseñado para todo menos para que ellos lo comprendieran.
